NO SOMOS PACIENTES PSIQUIÁTRICOS, NUESTRA ENFERMEDAD ES FÍSICA


​​Cuando a una persona le comunican que padece el Síndrome del Cascanueces y tiene por fin un diagnóstico claro de lo que le ocurre, podemos encontrarnos con tres situaciones distintas:

- El paciente número 1en cuyo hospital conocen la enfermedad y sus posibles tratamientos:

Éste caso es el menos común de todos, y evidentemente el más favorable para el paciente. Todo fluye correctamente y los tiempos de espera hasta que le solucionan el problema son los normales y aceptables, pues lógicamente ese paciente en concreto no es el único que está enfermo, los médicos tienen a cientos de pacientes y las pruebas y el tratamiento requieren una espera, pero en este caso estos se demoran el tiempo lógico y razonable. Éste es el caso ideal, tanto para el paciente como para los profesionales médicos.

- El paciente número 2, en cuyo hospital no conocen el síndrome ni sus posibles tratamientos, pero los profesionales médicos estudian su caso, se informan, y finalmente le proponen un tratamiento o le derivan a otro centro donde así sea:

Aquí el tiempo que transcurre puede variar siendo mayor o menor, lo cual conllevará el correspondiente deterioro de la salud tanto física como emocional del paciente. No es el caso ideal por todo el tiempo que puede llegar a transcurrir, hecho que supone un prejuicio para el paciente, pero si finalmente se lo solucionan lo damos por válido, pues comprendemos que para los profesionales médicos, también se trata en este caso de algo desconocido, y han tenido que llevar a cabo un doble esfuerzo.

- El paciente número 3, en cuyo hospital, además de no conocer el síndrome ni sus posibles tratamientos, niegan la existencia real de la enfermedad y la repercusión física que éste produce, y tratan al paciente como paciente psicológico o psiquiátrico, diciéndole que todo lo que siente es imposible porque esta enfermedad no produce molestias, y mucho menos, dolor: 

En este caso que nos parece increíble pero que desgraciadamente es más habitual de lo que nos gustaría, el paciente entra en un bucle en el que cada vez se encuentra peor físicamente, y el hecho de que las únicas personas que pueden ayudarle le nieguen la veracidad de lo que está viviendo y además no reciba la ayuda que necesita para solucionar su problema físico, le acaba produciendo, efectivamente, un problema psicológico. El problema psicológico no es la causa de la enfermedad, sino la consecuencia de que le nieguen la atención y además le hagan creer que lo que siente no es real si no un problema mental que sufre. Esto es muy duro, y es un grave prejuicio para la salud del paciente.

En muchas ocasiones esto es debido a que un profesional que nunca ha oído hablar del Síndrome del Cascanueces, tras realizar las pruebas pertinentes buscando qué puede ser lo que le ocurre al enfermo, halla que existe un pinzamiento en la vena renal y busca información al respecto, y éste es, en efecto, el quiz de la cuestión;

La información que busca o que encuentra habla del fenómeno del cascanueces que no produce síntomas ni dolor, y el paciente que tiene delante padece el Síndrome del Cascanueces, no solamente el Fenómeno del cascanueces.

La diferencia entre ambos conceptos, de gran importancia, se halla descrita con más detalle en la sección que dedicamos a explicar la enfermedad.

No negamos en absoluto que el Síndrome del Cascanueces pueda coexistir junto con algún desorden de tipo psicológico o emocional, pero es muy necesario hacer evidente que el Síndrome del Cascanueces es una patología física, congénita o no, pues puede tener otras causas que ya han sido enumeradas, pero es una patología totalmente medible y observable en un simple TAC, en una resonancia electromagnética, en una ecografía- Doppler, en una flebografía y muchas pruebas físicas más. Es el pinzamiento de una vena, una enfermedad tangible, un síndrome compresivo. Se puede medir perfectamente en milímetros el ángulo anómalo de la pinza aorto-mesentérica, el diámetro patológico de pinzamiento de la vena renal, o el flujo sanguíneo insuficiente mediante eco- doppler.

Los trastornos emocionales, que por supuesto también son importantes y merecen atención, no son tangibles en centímetros ni observables mediante un TAC, y mucho menos se aprecian en una flebografía.


Nos parece lamentable  tener que mencionar la diferencia entre estos conceptos tan básicos, pero desafortunadamente seguimos encontrándonos profesionales que “no creen” en el síndrome, como si éste fuese algo abstracto y subjetivo en lugar de algo perfectamente observable y tangible, y lo que prueba más fehacientemente su existencia, MEDIBLE. También comprendemos perfectamente que un médico no pueda conocer todas las enfermedades que existen, lo único que pedimos es que si un profesional no conoce nuestra enfermedad, se tome el tiempo necesario para otorgarle la atención, la importancia y la gravedad que ésta merece, para que pueda, de esa manera, ser consciente del impacto que todo este proceso tiene en nosotros, los pacientes.

Lo que en muchas ocasiones nos encontramos y que realmente sí provoca alteraciones y problemas emocionales y psicológicos en un paciente, es el hecho de que una persona acuda a su médico con una enfermedad totalmente palpable y medible que aparece en un sinfín de pruebas físicas que evidencian su existencia, y que el o los profesionales que llevan el caso lo achaquen todo a problemas mentales o psiquiátricos por simple desconocimiento de la enfermedad, y le envíen de vuelta a su casa con una pauta de analgésicos y psicofármacos. Este síndrome no desaparece con antiinflamatorios o analgésicos, y no es una enfermedad psicosomática. Es una anomalía puramente anatómica y comprobable, con una gran repercusión física y emocional de por sí, y con aumento de la repercusión de la parte emocional cuando además de sufrir y padecer todo lo que la enfermedad conlleva, a la persona se le cierran las puertas a un tratamiento que podría devolverle la salud, achacando su malestar  a un simple desorden mental. Esto provoca, lógicamente, que el paciente empiece a sufrir realmente un problema psicológico, ansiedad o depresión, además de un agravamiento del proceso de su propia enfermedad con el transcurrir del tiempo y sin recibir la atención y el control que esta necesita. 


Por supuesto en algunas ocasiones también nos encontramos con profesionales cualificados que conocen o buscan el mejor tratamiento y el más adecuado para el paciente en concreto, y en ese caso hemos simplemente de confiar plenamente en ellos y en el equipo que lleve nuestro caso, puesto que ellos son los médicos y son los únicos capacitados para aconsejarnos, y con una visión global, proponernos el tratamiento que más se ajuste a nuestra situación. 

Nota: Estamos totalmente a favor de los profesionales médicos, de hecho sin ellos y sin su ayuda no podemos recuperar la salud. Lo que refleja este texto es simplemente la situación y la realidad con la que nos encontramos muy a menudo, y que para nosotros es tristemente cotidiana. Lo que nos gustaría es que no fuese así y poder acudir a un especialista que conociese el tema y nos diese la información y el tratamiento adecuados sin tener que luchar hasta la extenuación gastando una energía que no tenemos para que nos ayuden y podamos recuperar nuestra vida, lo cual llega en muchas ocasiones, después de varios años.